Pronto nació Bernardo. Al año y cinco meses murió de fiebres gástricas. Alberta y Francisco se abrazaron fuerte. ¿Qué otra cosa podían hacer? Llorar juntos.
Nace el segundo hijo: una niña, Catalina, y vive poco más de dos años. Muere a causa de la epidemia de cólera morbo que también afectó a Alberta; providencialmente, la madre lo superó.
De nuevo, Alberta da a luz a su tercer hijo, al que también pusieron de nombre Bernardo. Vivió poco más de dos años. Murió de una “enteritis” según confirmó el médico.
Más tarde, nació el cuarto hijo, Alberto, en 1867, cuando Bernardo tenía algo más de un año. Fue el único que sobrevivió.
A pesar de los sinsabores que tuvieron que afrontar, fue un matrimonio feliz; la muerte de sus tres primeros hijos fue un golpe durísimo a lo largo de sus siete primeros años de casados. Se les consideraba unos esposos ideales, a quienes los sucesivos fallecimientos de sus hijos lograron unirles todavía más.
Alberta y Francisco superaron los duelos mientras elevaban la vista al cielo: ¿qué querría Dios?
Alberta se dedicó por completo a su marido y a su hijo. “El medio más seguro para alcanzar la paz y la alegría” es el de poner “la felicidad en conseguir lograr la de su esposo” le escribiría más tarde a una antigua alumna.