BUSCANDO LA LUZ RESUCITADORA

Luz Mª Jesús Diez Pureza de María

BUSCANDO LA LUZ RESUCITADORA

Buscando la luz, la comunidad de Bilbao preparamos el viaje a Loyola con mucha ilusión, con ganas de estar con el Señor, en silencio, junto a ÉL.

Buscando la luz dejamos atrás la alegría bulliciosa de los niños, las preguntas que sin parar saltan en las clases, el poner las notas, preparar un control o terminar un trabajo. Nos fuimos, lejos del mundanal ruido, a otras riberas…

Un alto en el camino donde contemplamos la belleza de la playa de la Concha en San Sebastián, y disfrutamos de un paseo precioso, sereno. Allí ante ese mar inmenso y ese día azul y precioso había reminiscencias del Amigo con el que íbamos a estar dentro de unas horas.

Jueves Santo, amanecer con niebla, que presagiaba la noche dolorosa del Maestro.
Oración, silencio, interioridad, acompañamiento. Aún así, el día se volvió luz al pasar el medio día, preparación de la Pascua.
Acompañé al Señor y sus discípulos en la Última Cena, observando al Maestro: sus gestos, su rostro, su voz… también le acompañé en Getsemaní: SILENCIO, CERCANÍA.
Noche de oración, de compañía, de estar, sólo ESTAR.

Viernes Santo, día de dolor, de soledad, de parar todo, de sosegar el alma, de sentir la ausencia del que todo lo llena.

Sábado, la naturaleza hacía duelo por el silencio de la tumba donde estaba sepultada la VERDAD Y LA VIDA.
Tarde de oración ¿resucitará?, ¿volverá con nosotros?, ¿volveremos a ver ese rostro que se ha quedado grabado en nuestro corazón como sello indeleble y eterno?
Y en las horas anteriores a la vigilia, en espera junto a la Madre, esperando al que nos dejó huérfanos.

Pasaron lentas las horas y en la noche, de pronto, entre la oscuridad del santuario, entre las brasas saltarinas, el fuego envolvió el rostro de los que esperábamos el encuentro con la LUZ, la LUZ del mundo, que volvió para quedarse.

Y entonces, todo se iluminó con su gloria, el santuario, las luces, el órgano redoblando aleluyas y el alma henchida de gozo por el Resucitado.

Y a la mañana siguiente, entre la tierra ribeteada de matices verdes, de flores estallando de vida, de brotes verdes en los árboles de tronco seco, en el claro oscuro de un rayo de sol medio oculto, así, como de golpe, irrumpiendo a la vida, despertando al amanecer, derramando el fuego de su gloria, descubrí la presencia del resucitado.
En el aire se palpaba el aroma de la resurrección, y el Espíritu aleteaba gozoso esparciendo semillas del resucitado sobre la creación, que gozosa alababa a su Creador. ¡Él Señor había resucitado!

¡Aleluya!

Hermana Mª Jesús Diez

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